Interesante ejercicio pensar que un arquitecto tiene la capacidad de generar no sólo espacios, sino atmósferas para cargar de sentido un espacio arquitectónico.

Los arquitectos tenemos el deber de proyectar aquella situación, donde el efecto sensorial se construye en la propia vivencia del espacio y de la ejecución de un acto para lo cual el espacio fue proyectado.

En ese momento, el espacio se hace memorable. Y cómo logramos establecer aquella diferencia, que nos habla de la buena o de la mala arquitectura? Por la vía de detonar em el usuario el sentimiento por sobre la percepción.

La arquitectura se hace buena cuando se conjugan en ellas no sólo loos planos que la definen, sino cuando se vive en ellas una conjunción de elementos que hacen aflorar en el usuario sensaciones y por ende, asociación de sentimientos. La buena arquitectura no sólo tiene el deber de acoger actos, sino de dialogar efectivamente con el usuario entregándole más información que la lectura del espacio donde éste está.

Los elementos que hacen la diferencia son precisamente aquellos intangibles. Los muros y fachadas ya no nos provocan emoción si no van encadenados a la vida profunda , aquella que supera los cinco sentidos y que remueve la lógica racional y activa lo recóndito e individual de cada uno.

En esta obligación de entregar mensajes adicionales a lo construido el arquitecto está comprometido a la vivencia esperada en su propio acto. El acto no es masivo, es una experiencia personal que mezcla lo emotivo con lo funcional.

Puede un espacio dedicado al culto olvidarse acaso del efecto de la contrición del penitente? Puede acaso un proyecto negarse a la alegría de los niños en un colegio? O podrá acaso la arquitectura funeraria cerrase a convivir con el dolor de la despedida?

Formamos arquitectos técnicos pero escasos poetas de la edificación. Olvidamos el espacio de la libertad del pensamiento y la pureza del idealismo de nuestros estudiantes al centrarlos en el dominio de la técnica por sobre el espíritu rupturista de las nuevas ideas. Nuestra formación común acerca la arquitectura al albañil que construye muros y lo aleja de los artistas que construían catedrales que sus ojos jamás verían. Esa es la gran diferencia que académicos todos no hemos logrado en nuestras aulas. Ese es el deber que nos ha de graduar de maestros, y no tan sólo profesores.

Si logramos que un alumno rompa los paradigmas, que nos invite a transitar en sus poryectos donde no sólo leamos su planos sino comprendamos las sensaciones, y logremos la suprema aspiración de respirar el espacio por sobre leerlo visualmente, valdrá la pena el intento.