No es posible identificar diferencias en el proceso de enseñanza de la arquitectura si no se plantea como premisa básica la comprensión por parte del alumno de que es dueño de la libertad de crear.

Cada proceso de diseño arquitectónico trae aparejada la decisión del individuo de tomar los conocimientos que se le han entregado en los años de formación y generar, mediante un proceso metacognitivo, la solución al encargo entregado.

Por ello, los académicos se dividen en aquellos que entregan las soluciones y los que obligan al alumno a descubrirlas. Los primeros mediante la consolidación del pensamiento desde la puesta en marcha de todos aquellos conceptos ya aprendidos y la correcta ejecución de éstas; los segundos, en cambio, aspiran a que el alumno conciba sobre la base de la libertad de elección.

Hay discusiones respecto de aquello. En las aulas universitarias hay seguidores y detractores de ambas posturas, por cuanto ambas determinan caminos válidos para que el postulante a arquitecto enfrente su posterior vida laboral. Sin embargo, este acento referido a las competencias laborales desperfila el proceso creador que el propio alumno, en su búsqueda, puede definir.

El hacerse cargo como premisa, la búsqueda del discurso arquitectónico y su coherencia final permiten que el sujeto encuentre caminos muchas veces insospechados para resolver la problemática. Si el acento es por ejemplo lo referido a la espacialidad, éste deberá encontrar el camino adecuado para hacer de ésta aquella cualidad indiscutible y reconocible en la arquitectura. El cómo resolverá las variables técnicas también pasa a ser parte del proceso creativo.

La estructura, las instalaciones, el manejo energitérmico, entre otros, deberán ser resueltos dentro del proceso final de diseño por cuanto proyectos existen como alumnos existan.

El proceso plano donde la técnica supera a la arquitectura establece todo lo contrario. El alumno tiende a diseñar sobre la base de la técnica, siendo el proyecto de arquitectura una resultante de aplicación de elementos predeterminados.

Surge la pregunta ¿es capaz el alumno de resolver todas las variables en un proyecto en la medida que adquiere libertad en sus decisiones? Por cierto que sí, pues el proceso creativo detona la necesidad de reinterpretar la técnica en favor de la espacialidad, del objeto arquitectónico y de sus atributos.

¿Este alumno podrá insertarse en el mundo laboral? Ciertamente, y con mejores opciones pues entenderá el cómo conjugar las variables determinantes, por él priorizadas, para mejorar la obra de arquitectura.

El desafío es, entonces, de los académicos. Ellos son los llamados a fomentar el proceso creativo del alumno, pero desde un punto de vista multidisciplinario.

Por último, una frase para la reflexión de los académicos:

“El arquitecto tiene que tomar una postura transgresora en la sociedad de la que es parte, postura que ha de partir irremediablemente de una forma distinta de ver la realidad”

Peter Eisenman, en charla con estudiantes de arquitectura en el City Collage de Nueva York