Variables humanas

diciembre 16, 2007

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En el transcurso del desarrollo de este blog muchas veces he pensado acerca de como el ser humano habita y acondiciona su forma de habitar por sobre las propuestas que el propio diseñador propone.

En ese sentido, deberíamos contemplar en el proceso de diseño una variable referida al uso y adaptabilidad que el usuario impone a la arquitectura, tanto a nivel urbano como a nivel de la obra edificada.

¿Por qué ocurre aquello?

Durante la enseñanza de la arquitectura se plantean que el proyectista debe conocer al usuario, lo que no significa realmente conocerlo. Si bien existen temas que acotan el diseño, desde el normativo hasta el económico, las soluciones apuntan a una manera de vivir “standard” aceptada por muchos de los actores involucrados. Sin embargo, las propias modificaciones – no siempre acertadas, por cierto- que el habitante realiza nos dan cuenta de ello.

¿Debemos tender a una arquitectura orgánica o que sugiera otras posibilidades?

El habitante se adapta con el dinamismo propio de los tiempos. Esa adaptación permite que los proyectos comiencen una metamorfosis poco esperada en quien proyecta, y muchas veces, con soluciones espontáneas a problemas no contemplados.

Por ello, se abre una veta en el campo de la sociología donde cada grupo de habitantes, en su propia asociación autónoma y e informal determina las conductas que no siempre son coincidentes con lo que conocemos como “estudio de mercado”, derivado del marketing para interpretar a grupos objetivos.

El proceso de diseño debe, especialmente en proyectos de usuario desconocido o aquellos de interés social, lógica del usuario, sus intereses y la forma en que éste soluciona sus problemas. No siempre las soluciones de éste apuntan a subsidios o autogestión, dpende muchas veces de su contexto laboral o familiar.

Las conductas tienden a generar puntos de traslapo entre grupos similares. Estos puntos de traslapo se hacen bastante específicos entre grupos disímiles. Por ello, la solución puede tender a concretar respuestas para aquellos elementos que reconocemos, pero que no incorporamos en nuestro análisis previo.

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Muchas veces aquellos que nos dedicamos a la docencia en la arquitectura nos cuestionamos por la forma o visión que cada uno de los académicos plantea al enfrentar diversos objetivos.

Por ello, es posible que, a través de estas letras, uno pudiera referirse a la idea genérica de lo que entiende debe transmitir a los estudiantes.

¿Se enseña la Arquitectura?

La pregunta que precede hace referencia a una permanente duda que a quien suscribe lo asalta. ¿ Es esa nuestra obligación? ¿Es posible enseñar la Arquitectura? Diversas visiones nos dan distintas respuestas.

A mi modo de ver, no es posible enseñar aquello que está referido a un proceso creativo propio. No podemos acercarnos al proceso propio de la creación con reglas pre establecidas. Por ello, se hace necesario comprender la lógica que el alumno tiene al enfrentar el proyecto, de acuerdo a sus propios intereses.

La lógica del alumno es lo que nos debe motivar para enfrentar la comprensión de parte del alumno de determinados objeticos pedagógicos. Su forma de entender aquellos elementos que se hacen relevantes al momento de iniciar el diseño serán las variables que le permitan concretar su propia obra arquitectónica.

Sin embargo, para enfrentar dicho procedimiento es labor fundamental del académico invitar al alumno a comprender aquellos fenómenos que lo determinan en sí mismo. Contexto, espacio y función son elementos fundamentales de este análisis conceptual.

A la vez, desarrollar la lectura espacial permitirá al alumno proyectar espacios acordes a su visión del proyecto.

 ¿ Cómo corregir cada proyecto?

La corrección debe partir por comprender la lógica del alumno. Concretar los objetivos no pasa por realizar una declaración de aspectos constructivos o de secuencias espaciales con intervalos determinando circulaciones. El proceso proyectual debe ir más allá.

La forma de crear parte de una base fundamental, aquella referida a la declaración de un enunciado lógico que permita llegar a las bases de diseño. La buena arquitectura es consecuente entre el discurso y la propia acción del diseñador, pues será en el proyecto donde pueda hacer tangible su idea.

 Cada diseñador enfrenta el proceso de acuerdo a su propia visión, emanada de una experiencia, de una forma de ver la vida o de aquellos acentos que siente relevantes.

No siempre son concordantes las soluciones, prueba de ello son los concursos de arquitectura. Por ende, será exitoso aquel taller que tenga distintas respuestas como alumnos tenga inscritos.

Sin embargo, ¿cómo determinamos el error?

Podemos decir que en nuestra enseñanza predomina lo que llamaremos “juicio del experto”, es decir, aquella opinión que tiene el académico acerca de la obra del alumno. Si bien a veces tratamos de establecer pautas de trabajo, que buscan orientar al estudiante, muchas veces éstas lo confunden, pues mezclan cantidad con calidad. El que más entrega no siempre es el autor de la idea más relevante para el taller.

Los curriculos académicos nos hablan de contenidos conceptuales, procedimentales y actitudinales. Por ello, el proceso de diseño arquitectónico debe ser iniciado verificando que el alumno efectivamente maneje los conceptos que deben ser de su dominio. El discurso arquitectónico apunta a ello.

El alumno debe desarrollar algunas competencias que le permitan, por la vía de dominarlas, servir a la idea como medio para concretar. Estos contenidos procedimentales definen metodologías propias de cada disciplina que el alumno utiliza, desde su forma de enfrentar un análisis hasta la confección de un determinado render.

Por último, debemos observar la actitud. El alumno genera en sí mismo críticas a su proyecto, o las acepta y resuelve en su proyecto. La observación, la forma de profundizar en diversos tópicos, e incluso la manera de relacionarse en su grupo son elementos a observar.

¿Qué sueño tiene el alumno?

Esa es la pregunta que cada académico debe responder. A través de las correciones debe comprender al alumno, con la lógica que éste establece. Si bien la forma de estructurar el pensamiento y la jerarquización que el alumno dá a determinados elementos es individual, los criterios muchas veces son comunes o más bien genéricos.

No puede haber una Arquitectura pobre para los pobres, nos dice Niemeyer; menos es más, nos dice Mies Van der Rohe.

Cada autor trasciende en el tiempo en la medida que su forma de diseñar adopta una línea de acción. La consecuencia entre lo planteado y lo construido habla de la buena arquitectura. La consecuencia en la comprensión de la forma de comprender al alumno habla de buena docencia.