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Algunas reflexiones respecto de nuestra responsabilidad ciudadana.

El desarrollo urbano de las ciudades siempre ha sido tema de discusión desde variadas ópticas profesionales. Tanto arquitectos, sociólogos, psicólogos sociales, geógrafos, economistas y médicos, por sólo citar algunos profesionales con interés en el tema, tienden a dar soluciones que rara vez se llevan a la práctica. Esto se produce porque muchas opiniones desgraciadamente no son concordantes entre sí, y el habitante sigue obteniendo lo que el mercado ofrece por sobre lo que potencialmente desea.

No hay que desconocer, en ese aspecto, los esfuerzos que algunos gobiernos han puesto en acentuar la participación ciudadana a través de los instrumentos de planificación urbana, pero sin embargo se diluyen dado que es escaso el interés o porque definitivamente se prioriza en función del bien común por sobre el individual.

Santiago ha crecido en forma acelerada dadas las condiciones económicas que fomentan la trashumancia desde zonas económicamente menos atractivas. Este proceso siempre se ha producido si analizamos nuestra historia reciente. La instalación de villas miseria o poblaciones callampa fueron parte de nuestros procesos de consolidación urbana desde mediados del siglo XX, con la consiguiente asimilación de cordones periféricos por todos conocida. Por ello, es la ciudad la que tiende a asimilarlos muchas veces con un urbanismo deficiente, con escasos espacios públicos y con infraestructura de mala calidad.

Ante esto, la pregunta que se mantiene vigente es si nuestra ciudad debe concentrarse o aceptar que la expansión es realmente una opción válida. El recurso del suelo, restricciones mediante, pasa a ser una variable medida en términos económicos por la participación activa de intereses inmobiliarios que justamente aprovechan oportunidades de inversión con rentabilidades interesantes.

Si analizáramos en forma aislada cada una de las opciones, podríamos comprender que cada una de ella presenta virtudes e innegables defectos. Por ello, la generación de conflictos urbanos y sociales en modelos mixtos siempre son paleados una vez detectados, y no durante el proceso de planificación urbana, donde serían parte del diagnóstico.

La expansión urbana propone resolver, de alguna manera, la ocupación del suelo disponible, que permite al habitante apropiarse de éstas realizando – diseño urbano de por medio – sectores con identidad e infraestructura adecuada. Sin embargo, esto muchas veces se convierte en un buen enunciado. Las diferencias evidentes entre el urbanismo del sector oriente contrastado con el de la zona sur de Santiago nos da una clara respuesta. La generación de espacios públicos de mala calidad, en el caso de que ellos existan, la falta de creación de subcentros que eviten la natural dependencia de centros más establecidos, así como la generación de externalidades negativas asociadas al traslado, contaminación y costo de la expansión de redes de servicios nos hablan de un urbanismo deficiente y lo más triste, para pobres. Oscar Niemeyer, arquitecto brasileño recordado especialmente por sus obras en la ciudad de Brasilia, habla de que no puede haber una arquitectura pobre para los pobres. Tampoco debe existir un urbanismo en esas condiciones.

La contrapartida a ello es la densificación, en el entendido de que en la medida que aumenta la oferta en sectores ya consolidados y muchas veces deteriorados, se aprovecha la infraestructura existente y se detiene el crecimiento de la ciudad. Sin embargo, el nivel de hacinamiento urbano que provoca la edificación casi irracional de edificios en sectores medianamente saturados provoca una serie de conflictos adicionales, referidos a la mala calidad de vida, la saturación de vías o la necesidad de mejorar redes de transporte.

Santiago crece y su población tiende a buscar soluciones que representen, de alguna manera, la concreción de sus sueños. Por ello la relación de los instrumentos de planificación urbana es fundamental en lograr interpretar dichos anhelos. Muchos buscan culpables en los desarrolladores inmobiliarios, pero aquellos actúan de acuerdo a lo que se les permite. Otros trasladan la responsabilidad al libre mercado, que si bien es eficiente, no es justo en las respuestas que produce. ¿Son acaso los ciudadanos aquellos llamados a plantear lo que realmente desean?

Hemos visto en el último tiempo nuevos actores representando su opinión. Los vecinos se comienzan a organizar para defender lo que han conquistado, es decir, cierta calidad de vida que de una u otra manera los representa. Casos a recordar afortunadamente comienzan a aparecer en diversos puntos de la ciudad. Si bien hay algunos emblemáticos, tales como los vecinos de Pedro de Valdivia Norte o los de Plaza las Lilas, también se rebelan frente a soluciones como las impuestas por diseños viales conflictivos – enlace Estoril – o de respuestas arquitectónico constructivas que generan caos social, en el caso de las villas el Volcán 1 y 2 ubicadas en Puente Alto.

¿Somos los ciudadanos los llamados a poner orden? Gran pregunta. El rol del Estado debe definir qué es bueno para la sociedad. El hecho de la concurrencia de distintos partidos políticos en la discusión debiera asegurar la visión de diversas opciones de desarrollo, considerando por ende lo referido a lo urbano y territorial. Pero las decisiones no siempre son compartidas por los representados. Por ello se observan estas respuestas ciudadanas, cansadas de esperar respuestas para mejorar su forma de habitar.

Los ciudadanos esperamos que las decisiones de planificación sean complementadas con la participación ciudadana, de manera proactiva y no reactiva. Nuestra búsqueda debe tender a definir cuales son muestras expectativas entendiendo que el desarrollo es una variable que debe ser incorporada.

El desafío de debatir, al menos, ya está planteado. Los ciudadanos debemos asumir nuestra responsabilidad.

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A pocos días de terminar la XV Bienal de Arquitectura, donde se realizaran foros virtuales y presenciales – con temáticas tales como la conectividad de la ciudad, su integración o la vivienda social – nos asiste la sensación de la necesidad que la ciudadanía tiene de discutir respecto de aquellos tópicos.

 En el momento de iniciar los foros virtuales, convocamos a destacadas personalidades del mundo académico y social para iniciar un debate basado en las ideas centrales antes expuestas. En ese contexto, nuestros panelistas generosamente compartieron ideas y reflejaron una visión de los problemas que todos de alguna manera vemos y que otros, desgraciadamente, viven. La respuesta nos sorprendió. Estudiantes, arquitectos, ciudadanos, profesionales o no, comenzaron a exponer sus puntos de vistas enriquecidos por sus propias vivencias, ideas y expectativas. Se entendió al fin que las problemáticas urbanas y de vivienda no son problema de quien se siente afectado o desposeído, o de quienes tienen la responsabilidad social de asistirlos; el problema es de la sociedad toda que exige políticas y soluciones coherentes, coordinadas en forma transversal y multidisciplinaria. Caben algunas preguntas:  ¿Por qué no hemos sido capaces de detectar esto antes y necesitamos de un evento de la magnitud de una Bienal de Arquitectura para enfrentar nuestras ideas? ¿Por qué se llega a acuerdos en un  foro, donde todos entienden respetuosamente los aportes de los otros y asienten frente a la interacción de especialidades? Gran parte de las intervenciones hacen referencia a ello. Muchas de nuestras instituciones, gubernamentales o no, académicas y sociales, generan acciones no concordantes entre sí. Desde el paternalismo hasta la motivación del emprendimiento, desde la asistencia hasta la indiferencia hacia un segmento de la población que requiere ayuda. Por eso es necesaria la reflexión. Por eso es necesario que nos detengamos y elaboremos de una buena vez planes de acción multisectoriales, con optimización de recursos, con una integración de conocimientos que apunten a que cada ciudadano no solo reciba un techo, sino herramientas para surgir desde éste y lo convierta en su hogar.  Pues bien, que la XV Bienal de Arquitectura nos deje una conclusión. Es necesario para nuestra sociedad generar no sólo diálogo respecto de estos problemas, sino acuerdos que nos permitan establecer bases éticas para enfrentarlos con justicia y equidad. Es también necesario que cada actor involucrado se haga parte de este acuerdo social, para lograr que en Chile los ciudadanos tengamos acceso a viviendas y ciudades más justas.   Sin ese acuerdo, nuestro país que exhibe interesantes avances económicos y revela con orgullo la admiración que otros le tienen, no podrá generar Valor Público, pues desconoce un aspecto sagrado, el de velar porque sus propios ciudadanos vivan mejor.    Por último, es necesario que quienes deban definir el cómo hacer realidad este anhelo social visiten  y escuchen a aquellos que son capaces de crear la conciencia y transformarse en la voz de los sin voz, que siguen esperando con precariedad la solución a muchos de sus problemas. Estas letras, al menos, apuestan por aquello.

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